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Leonardo Da Vinci, el innovador de la técnica

Antes de ser el código de un libro obscenamente famoso. Mucho antes de ser una tortuga mutante versada en el arte del ninjutsu y la esgrima japonesa. Antes de ser un programa de edición de video (que, de paso aviso, tiene una versión gratis con muchas y muy buenas funciones para cualquiera que quiera dar sus primeros pasos en este tipo de yeites). Antes de ser una escuela de arte multimedia, cuna de intrigas, romances y baños ilustrados. Antes de todo eso, Leonardo, el bastardo (sí, fue hijo ilegítimo de una campesina y un notario), fue ingeniero, dibujante, pintor… Podríamos decir que fue la encarnación misma del espíritu renacentista y humanista de su época.

Una vez dicho esto, y para ser justos con la verdad, debo aclarar que no es uno de mis artistas favoritos (dato más que intrascendente para todo aquel que esté leyendo esto). Pero hay algo que siempre he admirado de su trabajo: él era un “intentador crónico”, un explorador, un investigador en toda regla. No solo por sus ingenios mecánicos -que hoy alimentan las dichosas ilustraciones del steampunk- o por sus dibujos de estudios anatómicos, sino también por ser uno de los primeros en experimentar con la técnica de pintura al óleo. En Flandes (que no es la tierra de donde viene Ned, sino una región del norte de Bélgica) esta técnica era la norma en su producción, siendo llevada a niveles de “no-puedo-creer-que-hayan-hecho-esto-sin-photoshop” por los hermanos van Eyck. El más destacado fue Jan, y este sí es uno de mis artistas preferidos. Recordemos que, por esos años, los procesos previos al momento de sentarse y pintar eran mucho más engorrosos que apretar un pomo (si se me permite la expresión).

Aunque los van Eyck no inventaron la técnica del óleo, se les debe varias técnicas que hoy son propias de este material como, por ejemplo, la veladura. En la península itálica, las técnicas más populares por ese entonces eran la pintura al fresco y al temple, ambas de secado rápido, cosa que hace más difícil conseguir esfumados suaves. Hablando mal y pronto, mientras los “italianos” estaban enfocados en la generación de un espacio geométricamente correcto, los pintores flamencos estaban más atados al gótico y a la generación de un espacio aditivo, es decir, a dar la sensación de espacio colocando en el cuadro cosas que parecen tridimensionales, pero sin construir una grilla como hacían sus vecinos del sur. Los cuadros de esta segunda escuela son mucho más ricos y variados a la hora de marcar las diferentes texturas de las superficies, y esto se debe en gran medida a los materiales con los que trabajaba.

De las pinturas del autor que nos ocupa, mi preferida es La dama del armiño, pero creo que la más significativa para ilustrar las cualidades que más admiro del señor Da Vinci es su versión de La última cena. En la pared de un comedor -pared que compartía con la cocina, cosa que sería tiempo después la estocada final para la buena conservación de la pintura- Leonardo dejaría una muy buena impronta acerca de su forma de pararse frente al arte. Además de contener las claves para descifrar los secretos de una conspiración mística-religiosa global que mueve los hilos del poder desde las sombras con el fin de posicionar a la pizza con ananá como un alimento moralmente correcto, este proyecto fue campo de prueba de nuevas técnicas para Leonardo. La jugada no le saldría del todo bien: hoy, esa versión es prácticamente ilegible (“Mala mía” diría Da Vinci, “la próxima te la dejo a mitad de precio”). Y digo esa versión porque, ni lento ni perezoso, Leonardo ya tenía por costumbre hacer copias de sus pinturas para seguir vendiéndolas. Claro está que estas segundas versiones, y versiones de versiones, tenían una menor intervención del “maestro” y mucho más trabajo de sus asistentes. Es así que existen dos versiones más de esta escena, copias fieles de la pintura de la pared, mucho mejor conservadas.

Cuando uno está frente a una clase como profesor, transmite una serie de técnicas que se fueron acumulando a lo largo de los años. Técnicas probadas y recontraprobadas. Pero ¿qué tanto pesa la técnica como dogma en el campo artístico? La idea es transmitir un mensaje, no entronizar la forma de hacerlo. Y esto es lo que Leonardo aplica cuando intenta ir por caminos inexplorados, arriesgándose a meter la pata hasta el gaznate. Una técnica probada es una forma segura de ir de A a B y que todo el mundo lo entienda. Esto no significa que no se pueda llegar a B por otro camino. Y eso es algo que todo productor de contenido audiovisual debería tener presente. Una técnica dada es un punto de partida, nada más y nada menos. Es pararse al final de una escalera que se viene construyendo hace siglos para seguir avanzando. Ahora bien, si desde un primer momento se optase por esquivar dicha escalera, negar toda técnica y experimentar desde cero, alegando un “estilo propio” previo a cualquier conocimiento o estudio, probablemente ese camino llevaría a repetir los errores que otros ya encontraron y resolvieron, y ese proceso iría en contra de la claridad del mensaje. Que es, en última instancia, el objetivo de una obra: la técnica como plataforma para expandirse y experimentar, no como dogma que constriña.

Como dijimos, B es lo importante, pero Leo también le moja la oreja a la tradición en este aspecto. No contento con innovar en la técnica, también se corrió de la norma al elegir el momento de la cena que retrataría. Tradicionalmente, se pintaba a Jesús cortando el pan (o en su defecto, el momento que traían los escarbadientes a la mesa). Momento de comunión de paz rica en hidratos de carbono. En cambio, Da Vinci patea el tablero y elige el momento de mayor tensión dramática de la escena: el momento cuando el mesías anuncia que será traicionado por uno de los allí presentes es un cliffhanger en toda regla. Es una situación más propia de una pintura barroca, años adelantada. Así, el polifacético señor Da Vinci anota otro poroto a su legendario legado. Aplauso, medalla y beso.

Etiquetas: La columna de El Santa Leonardo Da Vinci

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